miércoles, 24 de mayo de 2017

La nube

A veces soy solo un cuerpo.
O proyecto de cuerpo.
O cuerpo de trapo.
Una nube oscura es mi cabeza.
Y desfila a través de mi columna.
"Señorita, 
tiene usted una contractura en el trapezio.
Vigile la postura".
A veces todas las horas me pellizcan la piel.
Acabo el día en carne viva.
Apoyo la nube en la almohada.
Llueve y hace viento.
Su silbido rebota en mis sesos.
"Señorita,
tome una de estas pastillas
antes de ir a dormir".
Y en el espejo.
Vacío.
Y en el espejo.
Rabia.
Y en el espejo.
Cansancio.
Y en el espejo.
"No-sé-que-está-pasando".
El solo cuerpo.
O proyecto de cuerpo.
O cuerpo de trapo
está deshilachado.
Las costuras apenas se mantienen unidas.
Intento hacer remiendos.
Una y otra vez.
Y más remiendos.
Y otro. Y otro.
Llevo mil en tres horas.
"Señorita,
haga usted un esfuerzo.
Hay muchas cosas bonitas".
Y se juntan el día-tarde-noche.
Y los meses podrían llevar 
todos el mismo nombre.
Y como caos.
Y se agarra a mi.
Me hincho como un globo.
Un globo incapaz
de hacer su viaje en el cielo.
"Señorita,
está usted cogiendo muchos kilos.
Haga dieta y ejercicio".
Y la nube.
El solo cuerpo.
O el proyecto de cuerpo.
O cuerpo de trapo.
Y la contractura.
El insomnio.
El espejo.
Los remiendos y el caos.
Tocan a una puerta:
"Papá, no tengo ganas de vivir".

jueves, 18 de mayo de 2017

La falda de pana roja


La primera vez que tuve cierta conciencia de que era gorda y que ser gorda estaba mal fue a los 5 años, aproximadamente.

Mi madre nos había regalado a mi hermana y a mi una falda roja de pana con un pequeño lazo al inicio de una abertura en la parte de atrás.

Me encantaba esa falsa. ¡Cuanto me gustaba! ¡Me sentía tan bien con ella! ¡Una falda roja! ¡De mi color favorito! Además mi madre, como madre atenta a esos detalles a los que yo no presto atención, nos había puesto en el pelo un lazito a juego con la falda. 

Unas gemelitas con cinco años, unos leotardos blancos, una falda roja, unos zapatos de charol negros, no recuerdo de que color era el jersey- sí que era de cuello alto-. Me da mucha rabia que se haya perdido en mi memoria ese detalle, porque soy capaz de imaginar aquel momento como si fuera hoy mismo.

Unas niñas de clase no paraban de mirarnos. De hacer bromas y reírse. Yo pasaba cerca de ellas (creo que venía de ir a tirar algo a la papelera), confiadísima de mi misma, con una osadía que para mi la quisiera ahora, tan valiente, tan yo misma.

Entonces una de esas niñas (parece que las veo, sentadas juntitas, "jijiji") me dijo:

"Que mal te queda esa falda, tus piernas son muy gordas".

Recuerdo que en ese momento saqué toda mi dignidad, como una folklórica de las que oía mi madre, de esas que miran a la cámara con ojos penetrantes mientas cantan, y respondí:

"Eso es envidia".

Sin embargo, ese comentario sembró "algo" en mi cabeza. Mientras caminaba hacía mi pupitre, y aunque iba ganando el argumento de la envidia, dudé de mi misma.

Yo era gorda.
Ser gorda está mal.
Hay ropa que las gordas no llevamos.
La sociedad gordofóbica me dio su primer aviso.

viernes, 12 de mayo de 2017

Fase 4.

¿Dieta o no-dieta?,
esa es la cuestión.
Amar los pelos de mi sobaco,
pasearlos libres.
O depilarme "por-si-lo-que-sea".
Tinte negro o canas blancas.
Guerra en mi cabeza.
Ropa "que disimule".
Ojalá un look de excesos.
Pero "es-que-no-me-veo".
En realidad, es que soy simple.
"Sexy" no le pega a esta cara.
Soy un "no-estoy-tan-mal".
Quiero ser Frida Kahlo
y dibujarme con la grasa
alrededor de mis caderas.
Me pinto los labios.
Me salgo de la comisura.
Mi cara es un punto rojo
color de mis pasiones.
Mis caricias te follan.
Tus miradas me bastan.
Seis meses no son nada.
Juego yo sola.
Sin prisas.
Sin dar explicaciones.
A mi ritmo.
¡Claro que es posible!
Doblo esta panza.
Es suave y divertida.
La estiro y desaparece.
Y el efecto me gusta.
Miro la foto de "no-parezco-yo"
y pienso "esa tía está buena".
Pero, ¿qué más dará?
¿Qué hago aquí?
Voy despacio.
Luego acelero.
Dudo.
Y hago equilibrismos.
Esto podría estar hasta bien.

Fase 3.

No quiero ser nada.
No quiero una identidad.
Ni ropa.
Ni besos.
Ni paseos por el mundo.
Una pared blanca.
O transparente.
Enfadada.
Y solitaria.
No quiero ser nada.
Muerta de rabia.
No estoy.
No digas que estoy.
No estoy.
Te entrego mis libros.
Te entrego mis discos.
Tíralos a la basura.
No soy.
Me he esfumado.
Foto: C. Godino, Valencia.

Fase 2.

Enseña la carne.
Una carne ocultada.
Vestidos ceñidos.
Tacones.
Estás tan guapa con ese escote,
aunque ya sé que es una mierda 
que te griten por la calle.
Maquíllate aunque no lo hagas bien.
Ponte un bañador.
O hasta un bikini.
Estrías poderosas.
Barriga blanda.
El mundo es vuestro.
Folla con quién quieras.
Arriba.
Abajo.
Que te mire mucho.
Que te mire todo.
Folla porque sí.
Se obscenamente femenina.
Sea lo que sea eso.
Se bruta.
No calles.
Paséate con tu gran boca abierta.
Tus grandes brazos.
Tus grandes ganas.
Tus grandes todo.
Dibujo: R. Godino M.

Fase 1.

Pantalones largos hasta en verano.
Que no se te vean las piernas.
Desterradas las camisetas de tirantes.
Que no se te vean los brazos.
Que todo sea ancho
para que se desfigure tu figura.
No vayas a la playa.
Prohibido el bañador.
Censurado el bikini.
Invisible.
No folles.
Tendrán que verte.
Nada de eso.
Que nadie te vea.
O apaga la luz.
O ves vestida.
Que no te mire.
Déjalo, no puedo.
Tú pelo no es suficientemente hermoso.
Recógetelo.
Por nada del mundo te lo cortes "a lo chico".
Que todas las camisetas y blusas
lleguen por debajo del culo.
Todos mirarán tu trasero.
Es ley de vida,
aunque el tuyo no es hermoso.
Nada de escotes.
Eso no va contigo.
No te maquilles, no tienes gracia.
Estás tan ridícula si vas femenina.
Que fatal verte tan masculina.
Pero mejor así que disfrazada
de lo que no puedes ser.

Dibujo: R. Godino M.