jueves, 18 de mayo de 2017

La falda de pana roja


La primera vez que tuve cierta conciencia de que era gorda y que ser gorda estaba mal fue a los 5 años, aproximadamente.

Mi madre nos había regalado a mi hermana y a mi una falda roja de pana con un pequeño lazo al inicio de una abertura en la parte de atrás.

Me encantaba esa falsa. ¡Cuanto me gustaba! ¡Me sentía tan bien con ella! ¡Una falda roja! ¡De mi color favorito! Además mi madre, como madre atenta a esos detalles a los que yo no presto atención, nos había puesto en el pelo un lazito a juego con la falda. 

Unas gemelitas con cinco años, unos leotardos blancos, una falda roja, unos zapatos de charol negros, no recuerdo de que color era el jersey- sí que era de cuello alto-. Me da mucha rabia que se haya perdido en mi memoria ese detalle, porque soy capaz de imaginar aquel momento como si fuera hoy mismo.

Unas niñas de clase no paraban de mirarnos. De hacer bromas y reírse. Yo pasaba cerca de ellas (creo que venía de ir a tirar algo a la papelera), confiadísima de mi misma, con una osadía que para mi la quisiera ahora, tan valiente, tan yo misma.

Entonces una de esas niñas (parece que las veo, sentadas juntitas, "jijiji") me dijo:

"Que mal te queda esa falda, tus piernas son muy gordas".

Recuerdo que en ese momento saqué toda mi dignidad, como una folklórica de las que oía mi madre, de esas que miran a la cámara con ojos penetrantes mientas cantan, y respondí:

"Eso es envidia".

Sin embargo, ese comentario sembró "algo" en mi cabeza. Mientras caminaba hacía mi pupitre, y aunque iba ganando el argumento de la envidia, dudé de mi misma.

Yo era gorda.
Ser gorda está mal.
Hay ropa que las gordas no llevamos.
La sociedad gordofóbica me dio su primer aviso.

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